miércoles, 27 de noviembre de 2013

NOVELA: “LA ESTRELLA DEL AMANECER” 

(ILLARE’C CHASKA)

AUTOR: CARLOS ALBERTO FLORES BORJA

CAPÍTULO IV

Plaza grande y espaciosa esta de Trujillo. Salpicada por todo un gentío multicolor y alegre. Sobre todo a esta hora azul y límpida, llena de sol y calor. Aurelio bajó alegre del ómnibus e ingresó a la plaza por la calle Orbegoso. A lo lejos, apenas ocupando un ángulo, estaba la Universidad, casona triste y añeja, hija de Bolívar y Sánchez Carrión.
Se acomodó la camisa dentro del pantalón e ingresó a ella majestuosamente. Antes, compró un ejemplar de REBELIÓN en la puerta y doblándolo en dos lo guardó en uno de sus bolsillos. El primer patio de la Universidad estaba ocupado en todo su perímetro por estudiantes que sentados en las bancas conversaban esperando la próxima clase. El joven comenzó a mirar las vitrinas hasta que llegó a AYLLU, el periódico mural del Círculo. Y allí estuvo parado hasta leerlo por completo. Con el rostro más radiante continuó su recorrido por los demás patios. Por la puerta falsa de Económicas abandonó el viejo claustro, tomó Almagro y luego Zepita. Dos cuadras, miró el número sobre la puerta y comenzó a trepar la escalera casi perpendicular al suelo. Álvaro abrió y preguntó al joven si buscaba a alguien. “A Wálter”, dijo. Y Álvaro le contestó que ya no vivía allí pero le podía indicar su nueva dirección.
Qué calor. Y un poco de frío durante las noches. Qué cambio de clima. En su tierra no era así. O bien hacía frío o bien hacía calor. Nunca blanco y negro. Pero generalmente siempre hacía calor y caía su lluviecita. Claro que este Trujillo era más grande y más bonito, pero en clima, ni comparación, qué caray. Además, Trujillo es muy triste y sus muchachas no tienen la gracia de las de por allá, su salero como dirían sus paisanos. Tocó fuerte la puerta y Carmen lo atendió. Después, un cerrado abrazo lo unió a Wálter… Facineroso, no habías dicho nada del cambio de domicilio. Sacó REBELIÓN y se puso a leerlo delante de Wálter. El día siguió avanzando inexorablemente y los dos amigos continuaron la charla hasta que las luces cedieron el pase a su hermana la noche, la del rebozo oscuro salpicado de luciérnagas.
*****
Una vez que todos estuvieron reunidos, Álvaro desenvolvió una pizarra portátil y comenzó a explicar la forma cómo debería llevarse a cabo el trabajo de la noche. Los compañeros escuchaban atentamente, apoyadas las cabezas sobre sus óseas rodillas y tratando de aguzar la vista para mirar la pizarra, por la poca iluminación existente.
-Vamos, compañeros, -dijo Álvaro- a hacer la minuta de trabajo. Tarea a realizar: propaganda mural por la célula universitaria aquí presente. Ya el día de ayer agotamos el tema concerniente a la importancia de la propaganda como difusión entre las masas de la tónica del Movimiento. Quisiera en esta parte felicitarlos por la forma cómo han reunido fondos para comprar las brochas y la pintura.
Al final, la célula se dividió en dos grupos, cada uno con un responsable. Y con sus implementos de trabajo salieron a golpe de medianoche a pintar algunas calles de Trujillo.
Cada grupo estaba integrado por cuatro personas a quienes les correspondía efectuar propaganda a lo largo de las avenidas del Ejército y América Sur. ¿Cómo trabajaban? No había duda que asimilaron correctamente las pacientes explicaciones de Álvaro. Dos compañeros se apostaban uno en cada esquina de la cuadra mientras los otros dos comenzaban su trabajo en un extremo de la calle. Los jóvenes ubicados en las esquinas servían de “campanas” por si aparecieran los patrulleros o algún extraño noctámbulo. Los que pintaban se repartían el trabajo de la siguiente manera: uno sostenía la pintura depositada en una lata vacía de Nescafé grande, y el otro pintaba la pared con su brocha. Así, cuadra tras cuadra. Si de repente aparecía un carro, entonces caminaban normalmente hacia una de las esquinas. Igual cuando se trataba de alguna persona. Pero los carros podían divisarse desde lejos, mas no los individuos, quienes eran detectados primero por los “campanas”, los que silbaban la canción clave o hacían señales luminosas con una linterna. El responsable del grupo llevaba cincuenta soles para alguna emergencia, como por ejemplo, huir en un taxi. Pero durante toda esa noche felizmente no hubo ningún incidente .A las tres de la mañana más o menos, los cansados muchachos se retiraron a sus respectivos domicilios, donde deberían lavarse bien para no dejar ninguna huella del trabajo realizado.
*****
Wálter se había alegrado mucho con la llegada de su amigo y compañero. Olvidándose del tiempo, conversaban sobre las respectivas experiencias partidarias en sus zonas. El visitante contaba:
-Mira, hermano, allá en Marara estamos avanzando a pasos acelerados. En poco tiempo se han logrado cosas interesantes. Cuando yo conversé con el compañero Secretario General me dijo que había que formar un núcleo de dirigentes altamente politizado para que sirva de eje al grupo armado… ¡Cómo espero el día en que pueda largarme a la sierra!. Y no bajar de allí hasta la liberación, o bien, muerto. Estoy esperando a un  compañero que ha viajado a Lima a traer unos encargos.,
Después de hablar largo rato, Aurelio fijó sus ojos en los cuadros que pendían en la pared y preguntó:
-¿Tú los has pintado, Wálter?
-No, hermano, mi viejo –contestó Wálter.
Aurelio examinó el cuadro de la niña con su gato y lo descolgó para mejor mirarlo. ¡No era posible! Pero sin embargo, qué extraño parecido. Sobre todo los mismos ojos, la misma boca, el mismo…
-Wálter -preguntó intrigado-. ¿Este cuadro es imaginario o inspirado en alguien?
-Es un retrato, hermano. Te contaré que mi viejo pintaba muy bien y ya tenía un buen número de cuadros. Pero una noche vino borrachote y los quemó todos, menos éste. Desde allí lo conserva como reliquia.
-¿Y se puede saber por qué? -preguntó Aurelio.
-Tanto mi mamá como yo sabemos que ese cuadro representa a mi hermanita perdida desde chiquita, cuando apenas iba a cumplir tres añitos…
Y como su amigo lo miraba extrañado, sin comprender sus palabras, Wálter amplió la revelación:
-Nunca te hablé de esto, hermano. Lo único que te conté fue que mi padre era un luchador social y por eso estuvo preso y perseguido. La persecución fue tan encarnizada, después de un intento fallido de revuelta, que en la noche de huída del pueblo donde vivíamos, nos dividimos en dos grupos. Primero salió papá conmigo y Carmen; y luego, mi mamá con mi tía y mi hermanita menor. A mi papá lo prendieron saliendo del pueblo y nosotros nos quedamos llorando detrás de unos matorrales. Mi mamá, que huía por otro camino, se enteró de la captura de mi padre y corrió como loca a la comisaría del pueblo, con mi hermanita menor en sus brazos. Al llegar al puesto también la detuvieron, sometiéndola a toda clase de vejámenes en las investigaciones. Ante tantos ruegos se le permitió recibir la visita de mi tía, a quien la policía le entregó a mi hermanita para que la llevara a casa. Luego vino la dispersión definitiva. Mi tía ya no pudo ubicarnos y por miedo a la persecución huyó del pueblo llevándose a mi hermanita, a la del cuadro que tienes en la mano…
-¿Y nunca más han tenido noticias de ellas? –preguntó Aurelio
-Años después y desde la cárcel de Chiclayo, mi papá logró contactarse con mi tía, no sé cómo porque nunca nos contó. Se escribieron cartas y mi tía le envió una foto de mi hermanita, ya de algunos años de edad. Nunca vimos esa foto porque la policía se la quitó a papá; pero según nos cuenta él, mi hermanita estaba en esa foto con un gatito entre sus brazos… Y desde allí comenzó a pintarle retratos, imaginándose cómo sería ella con el transcurso de los años… Si supieras cuánto hemos hecho por ubicarlas, pero todo ha sido en vano. Parece que se las hubiera comido la tierra. El golpe hizo perder su risa a mamá y envejeció a papá. Y peor aún cuando vino una noticia del norte sobre un accidente carretero en el que murieron una señora y una menor no identificadas, pero con las características de mi tía y hermana. Mi papá cree que han muerto, pero mi mami está casi segura de que mi tía estará en algún recóndito pueblecito cuidando como madre amorosa a mi hermanita…
Wálter se entristeció con el relato y arrugando el ceño miró el cuadro de la niña con el gatito entre sus brazos. Y Aurelio preguntó:
-¿Y tú, Wálter, recuerdas el rostro de tu hermanita?
-La verdad que no, compañero, aunque solo le llevaba cuatro años cuando desapareció.
-Es una niña muy bonita -dijo Aurelio- y debe tener unos doce años en el retrato. ¿Qué tiempo hace que tu papá lo pintó?
-Bueno, harán como cuatro años, así que ahora si ella vive, debe estar por los dieciséis o diecisiete.
-¿Así que este cuadro tiene su historia, no?
-Efectivamente. Y Álvaro le dedica una poesía diaria. Se ha templado el pobre de mi hermana.
-¿Quién es Álvaro?
-Es un compañero de acá. Uno de los más leales. Toda una joya el muchacho… Bueno, volviendo a lo nuestro, ¿así que has venido a sacar tus papeles de la Universidad?
-Sí, hermano, pienso matricularme en la Normal de Marara para disimular… Pero insistiendo en lo de tu hermana desaparecida, tengo un presentimiento que, en fin… Pero no, ¡no puede ser!
-¿Qué cosa no puede ser? -exclamó Wálter.
-Dime, Wálter, ¿y por qué perdió contacto tu papá con su hermana allá en Chiclayo?
-Porque lo trasladaron de cárcel y lo llevaron a Lima Y ya no tuvo tiempo de indagar bien dónde se encontraban viviendo mi tía y hermana.
Golpearon fuertemente la puerta interrumpiendo la conversación de los amigos, y Carmen corrió desde el comedor a abrir. Era Álvaro que llegaba a almorzar. Wálter hizo las presentaciones:
-Álvaro, éste es el compañero Aurelio, de Marara.
-Mucho gusto. Creo que ya nos conocimos ayer en Zepita, ¿se acuerda?
                                                                              *****
Era un bosque de flores perfumadas y poblado por miles de alados que lo llenaban con sus arpegios sibilantes. Al lado de la rosa vanidosa, la violeta palidecía de modestia; y crisantemos y narcisos, cual vasallos vegetales, las cuidaban de los embates de Eolo o de los picos animales. Pedazo de paraíso no hecho para los hombres-gorilas; al margen de ellos. Porque éstos todo lo ensucian con sus ideas, con sus manos asquerosas, con sus botas pestilentes. Pedazo de cielo terrenal para los hombres-hombres solamente.
Tomada de la mano, Álvaro lleva a la niña casi corriendo, sorteando los rosales ledos, conversando con el culebrino arroyo, tirando piedras a las estrellas. La Luna, envidiosa de la belleza de la niña, los seguía saltando por entre las copas de los árboles.
-Angelito -dijo Álvaro-. Aquí viviremos para siempre. Que el ruido del mundo acá es extraño. Fuera de estas fronteras está la envidia, la ambición, la explotación de los humanos por los inhumanos. La peste no llega aquí.
Y la niña solo reía y apuraba a su gatito para que no se vaya a perder o a enamorarse de alguna flor. Cuando se cansaban, él la atraía hacia su pecho y los jadeos de ella se entremezclaban con los latidos del poeta. Entonces el gatito aprovechaba para lamerse y maullarle un poco a la Luna que, asustada, corría a esconderse tras algún nubarrón. Noche en las alturas, pero día en el bosque. Día y claridad por sobre todas las lunas. Y en el bosque solo transitaban las áureas frescas. Arriba, en el cielo, las estrellas tiritaban de algún frío. Y la niña siempre sonriendo. Y Álvaro transpirando, alisándose la melena, sosteniendo fuerte la manecita de ella entre sus manos, no se vaya a volar.
Al fin un calvero. Un claro en el desierto verde. Y un pequeño lago en medio dél. Corrieron presurosos a mojar sus caras y luego estuviéronse mirando largamente en sus mansas aguas.
-¿Por qué no quieres decirme tu nombre? -le preguntó Álvaro-. Yo me llamo Álvaro y todos debemos tener un nombre.
Y la niña siempre sonriendo, recostándose como perrito en su cuerpo, temblando al ser besada, anhelando cuando no lo era. Y Álvaro pensaba: “No, ella no tiene nombre. Porque es celeste, producto del Amor. Es solo un Angelito o rayo de sol, hija de dioses que habrá querido prodigarme sus halagos, misericordiosamente. Ya no más le preguntaré cómo se llama; para qué, si a ella le gusta cuando la llamo Angelito. Así, pues, deberá ser”. Se sentaron en la orilla con los pies metidos dentro del agua. Pececillos de colores venían a besar esas plantas sacrosantas y la niña contraía sus pies con el cosquilleo de los acuáticos. El calvero no era muy grande. Y en todo su alrededor podían divisarse claramente a cientos de ojos escudriñando a la pareja. Seguramente todos los moradores del bosque -vegetales y animales- se habían venido, como quien va al teatro, a apreciar la mejor obra de la creación humana: el Amor. Pero también la más vapuleada y vilipendiada. Y degradada. La más pisoteada por quienes creen tener en sus manos el destino y la vida de millones de pueblos y hombres. “Los explotadores están matando al Amor, Angelito, y por eso nosotros hemos huído al único sitio donde podemos fundarlo nuevamente, para reivindicarlo”.
-Álvaro -por fin habló la niña- tu nombre suena bonito. Y cómo me gustan tus ojos soñadores y tu manera de hablar. Cómo tiemblo a tu lado, Álvaro.
-Angelito, tú me ayudarás a fundar la República del Amor. No llores si algún día me alejo a extrañas regiones a pelear contra quienes no nos dejan vivir. Tú te quedarás siempre en este bosque esperándome. No quiero que las inhalaciones malignas te alcancen en el mundo de los malos. Por eso te quedarás aquí. Y te haré una choza a orillas del lago. Y ya verás cómo de noche en cada viento que pase por tu ventana te enviaré mis besos; en cada pájaro mis sueños. Al mirar al cielo, las estrellas trepidantes te mirarán por mí. Y la Luna te dirá cuánto te sigo queriendo. Y cuando los malvados se hayan terminado, entonces vendré calladito y apareceré en tus sueños para llevarte en vilo, a este nuevo mundo recién fundado al que tú ayudaste a nacer con tu inspiración, con tu vaho divino. Y me pasearé orgulloso entre mis compañeros para que me vean contigo, para que ellos también te admiren, para que todos te admiren, Angelito.
Ella comenzó a llorar en su pecho y de pronto él se sintió triste. Pero reaccionó infundiéndole enjundia en un beso. “Sí, Álvaro, vete a combatir, cual caballero andante, a quienes matan al Amor. Guerra a muerte a los malvados. Vivan los pájaros libres y las flores del campo. Viva por siempre nuestro amor, Álvaro, Alvarito, Alvarazo…”
-Sí, Angelito…
Armando levantó por enésima vez la cabeza de entre la colcha y por fin se decidió a gritar:
-¡Acuéstate, loco, y apaga la luz!
La niña se asustó con el grito y saltó a su cuadro junto con el gato. Y Álvaro se restregó los ojos cansados y tuvo ganas de llorar. Afuera, el silencio habíase posesionado del jirón Zepita y quizás de toda la ciudad. El flaco Armando miró a Álvaro y le dijo:
-¿Qué es lo que escribes todas las noches, loquito?. Acuéstate temprano para que se te quiten las ojeras…
-¿Quieres que te lea lo que he escrito… Escucha: Era un bosque de flores perfumadas y poblado por miles de alados que lo llenaban con sus arpegios sibilantes…
Y Armando roncó profundamente dormido. Y Álvaro, contrariado, apagó la luz, orinó desde el balcón y se acostó.

                                                                         *****

-Trujillo es un medio hostil para trabajar -dijo Wálter-. El aprismo está bastante arraigado entre las masas populares que siguen creyendo en el ídolo voluminoso que es Haya. Pero es una masa engañada, no es mala. Y ellos no tienen la culpa. La culpa la tienen su ignorancia y los que se aprovechan de ella para engañarlos. Mas estoy seguro que algún día esa masa se levantará contra sus falsos tótemes, derribándolos junto con sus explotadores. De allí que no podamos descuidar a la militancia obrera y popular del APRA. Fíjate, Aurelio, que muchos de ellos hasta nos ayudan en nuestra labor. Y lo que pasa es que nosotros no los atacamos sectariamente como lo hace El Comercio, por ejemplo, sino que les señalamos el engaño en que están viviendo y la necesidad de que despierten a la realidad. Y ese es un trabajo arduo, porque debido a su bajísimo nivel cultural y político, así como al lavado de cerebro que han sufrido, no logran comprender de inmediato que su Partido nunca ha sido revolucionario, si no que unos vivos se han aprovechado de la bondad y capacidad de entrega de nuestro pueblo para masacrarlo, aventarlo a acciones sin sentido y luego abandonarlo creyendo solo en el mito y la leyenda que es Haya. Algunos entienden. Otros también, pero no quieren arriesgarse. Y es comprensible. Ya han sufrido bastante y no soportarían otro engaño, otra aventura. Se consuelan pensando en lo que hicieron y lo que pudieron hacer, y también en que nadie más intentó hacer lo que ellos hicieron, salvo nosotros que sí lo haremos. Nuestra mirada está puesta en los jóvenes del APRA, que en los antiguos militantes es gastar pólvora en gallinazo, ya que su sectarismo y miedo a la disciplina del Partido son bárbaros. Prácticamente muchos no se salen del APRA por temor a la represalia de los búfalos.
Carmen puso música peruana en la radio y se acomodó los lentes para invitar a los muchachos a comer. Habían hablado toda la mañana y deberían tener hambre. Ya en la mesa siguieron conversando y Aurelio miraba de vez en cuando los ojos de la señora y los comparaba con su parecido con la niña del cuadro. De la radio partieron los acordes de un vals.
Sin duda que la comida había estado sabrosa. El arte culinario de la mamá de Wálter ha sido siempre bien ponderado. La señora le recordó a Carmen que ya era la una y quen sintonizara Radio Trujillo para escuchar a Álvaro.
-¿Qué va a dar un discurso? -preguntó Aurelio extrañado.
-No, hombre, sino que el pata trabaja allí de locutor y a esta hora transmite el radioperiódico ONDA. Carmen no se pierde ese programa  y hasta se duerme escuchándolo.
-Parece buen muchacho ese Álvaro -comentó Aurelio.
-Muy bueno, hermano. Ya casi es de la familia… ¿Te dije que él comía aquí? Si no que como sale tarde mi mamá le guarda el almuerzo en la cocina... Él es responsable de una célula y director de los periódicos del Círculo. Primero se fogueó en el Círculo y después le propuse que ingresara al Movimiento. Aceptó encantado y me dijo que era lo único que faltaba para satisfacer sus inquietudes. Así, pues, que está contento y trabajando duro. Que se tiemple más y va a ser un magnífico dirigente, sobre todo por su sencillez y dedicación al estudio. Es medio poeta, ¿sabes?
-Habrá que bajarlo de las nubes entonces…
                                                                             *****
El Administrador corrió y desde la ventana alcanzó el periódico al Señor Gerente. Después de algunos minutos se escuchó gritar al extranjero, exclamación que todos los obreros sintieron a maldición.
-El gringo nos está mentando la madre. ¡Contra, carajo!
Colocó el periódico en el escritorio y llamó al Señor Ordóñez. Silencio y espera. Al fin… (“¿Cómo?”). El Señor Ordóñez aún no llegaba, maldita sea…
-¡Oiga usted!
El Administrador sabía que ese grito era para él. (“Mande usted, Señor Gerente”). Cual niño que había cometido una travesura, el pobre hombre se tomaba las manos retorciéndolas entre sí. Sí, pobre hombre: pobre de espíritu, servil del extranjero. ¡Y él sintiendo las miradas de desprecio de sus compañeros de trabajo!. Peruanos como él, cholos como él, indios como él. (“¿Por qué habré rodado hasta este extremo, Dios mío?”).
-¡Oiga usted!
-Sí, Señor Gerente.
-Llame al secretario del sindicato.
-Sí, Señor Gerente.
Por la puerta grande -cuidada por Gerardo- el aire se filtraba por oleadas. Gerardo quería impulsarlo aún más, hasta los compañeros que sudaban en las máquinas. Pero este aire fresco y terco ser arremolinaba solo alrededor de su mesita vieja. La verdad, él también necesitaba un poco de ese aire; sus sienes quemaban y todo el aire del mundo no podía bajar esa temperatura… Y pensó en el Fico con su calentura aún más caliente. Tomando nuevamente el periódico leyó la página que permanecía a la vista. Es verdad, era emocionante ver el nombre del sindicato con letras así de grandes; luego, todo ese comunicado redactado por los dirigentes y, al final, las firmas de los mismos… ¡Su firma en letras de imprenta!... Oh, en verdad, eso era lo único que le hacía bajar un poco la calentura… ¡Qué diría la Julia cuando lo leyera!... No le quiso decir nada para darle la sorpresa el día de hoy… ¿Se alegrará o seguirá pensando solo en el Fico?... “La insensibilidad social de los empresarios nos lleva a los obreros a adoptar posiciones de fuerza que mantendremos hasta conseguir la solución a nuestros reclamos”… Jorge lo sorprendió meditando y le palmeó la espalda fraternalmente. Era como si una corriente eléctrica lo hubiera vuelto en sí. Y conversaron sobre cualquier cosa, hasta que llegó el secretario.
-Jorge -le dijo- acabo de salir de la gerencia.
-¿Y?... ¿Qué dice el gringo?
-Te da un plazo de ocho días para que abandones la fábrica. De lo contrario, dice que no discutirá el pliego de reclamos.
-¿Y si no me voy? -preguntó Jorge.
-Dice que apelará a la fuerza pública -contestó nervioso el secretario.
-Ah, entonces no me voy. ¡A mí con amenazas!
-Y así debe ser, Jorge. Tú no te irás. Todos te apoyamos. ¿No es verdad, Gerardo?
-Claro, hermano, así se habla. Y a propósito, está bonito el comunicado. En el periódico se ve distinto que cuando estaba copiado a máquina. ¿Ya lo leería el gringo?
-Precisamente por eso me llamó. Dijo que Jorge ya no era trabajador de la empresa y que por lo tanto no podía estar firmando documentos a nombre de los trabajadores.
Miren, muchachos –habló Jorge-, yo renunciaría y me largaría de aquí, pero siempre y cuando la empresa acepte el Pliego de Reclamos. Claro que todo depende de lo que acuerde la mayoría. Me someto a su voluntad.
-Ya todos hemos dicho que no te vas, así que no te vas. Propongo que el día de mañana continuemos con el plan trazado. Buena sorpresa le vamos a dar al viejo. Él cree que todavía temblamos ante su presencia.
-Muy bien. Entonces, a trabajar, antes que nos vea el flacuchento.
Al día siguiente, cuando Gerardo llegó a la fábrica, lo esperaban Jorge, el secretario y otro dirigente obrero. Se saludaron y pasaron. Gerardo marcó su tarjeta y todo quedó listo para empezar un nuevo día de trabajo…
-¿Cómo está tu hijito, Gerardo?
-Un poco mejor, compañero.
A las siete de la mañana llegó el Administrador. Era el hombre más puntual en su trabajo. Después de una hora apareció el Señor Gerente, con su cara color rojo-alcohólica… Y a las nueve los obreros cesaron de trabajar…
El Administrador corrió a la gerencia. Gritos. El Administrador recorrió los talleres desiertos, las máquinas en paz, el aire cálido flotando silente por entre los fierros… Los trabajadores se habían reunido en el taller más amplio y escuchaban al secretario. Éste les explicaba que con el presente paro intempestivo de una hora se iniciaba la lucha contra los patrones insensibles que rehusaban discutir el Pliego de Reclamos. Pidió una vez más la unidad monolítica de todos los compañeros, porque solo unidos podrían triunfar. Aplausos cerrados. Euforia. El Administrador asomó su cara de ratón. El secretario lo llamó encargándole trasmitiera al Señor Gerente la firme decisión de todos los presentes de continuar hostilizando a la empresa mientras ésta se niegue a considerar sus pedidos. El Administrador salió sonriente. Parecía que el hombrecillo se había alegrado de que siquiera por una vez los obreros le encomendaran algo sin enojo, sin insultos. Hasta sonrió con todos y prometió mantenerlos informados de lo que diga el Señor Gerente. Lo dejaron ir. Siempre haciendo venias, sonriendo, haciendo venias… Retrocediendo hasta la puerta.
Jorge aprovechó de la reunión para pedir a sus compañeros de trabajo que cumplan con su deber en estos trances difíciles; que así como ellos luchaban, en este momento, ahorita quizás, otros miles y miles de obreros en todo el mundo se enfrentaban con igual o mayor ímpetu a los imperialistas y explotadores…
-La gerencia me ha cursado carta de despedida; pero yo le he dicho que mientras los trabajadores no sean escuchados, tampoco yo haré caso de esa carta.
Aplausos. Frenéticos aplausos. Algunos compañeros vivaban; no sabían qué pedo vivaban. Otros se pararon para aplaudir mejor. Alguien gritó:
-¡No podrán despedirlo, compañero Jorge!
Y todos contestaron:
-¡No podrán!
 Jorge, visiblemente emocionado, siguió arengando a sus compañeros de trabajo:
-La mayoría de ustedes son padres de familia, con un hogar que mantener, con sagrados deberes que cumplir. Pero aun así tienen conciencia de que deben hacer un sacrificio más y luchar contra quienes los explotan. Es hermoso el contemplar a tanto rostro adusto, a tantas manos encallecidas por la dura lucha de la vida, a tantas frentes marcadas por los infinitos caminos terrenales… ¡A tanto corazón valiente dispuesto a latir al ritmo de los puños y de los brazos!... Ya un gran pensador socialista, fundador de la filosofía proletaria, dijo cierta vez algo por el estilo: Los obreros no tienen nada que perder, pero sí todo un mundo por ganar. ¡Y es verdad, compañeros!... Si luchamos, no tenemos nada que perder, porque nada tenemos. No tenemos un techo digno para nuestra familia, no tenemos alimentos ni escuelas para nuestros hijos, no tenemos medicinas para los enfermos, no tenemos trabajo para todos, no tenemos, en fin, ninguna oportunidad para progresar, para ser otros. Solo contamos con nuestra fuerza de trabajo que es vendida a un precio miserable, cual barata mercancía, a los dueños de la fábrica… Así, ¿qué cosa vamos a perder si luchamos?... ¡Nada!... Porque nada tenemos. A lo mucho perderemos las cadenas que nos atan al carro de los explotadores… Pero eso sí: tenemos todo un mundo por ganar, una vida más libre y más digna de ser vivida. Y emprender una tarea así solo es de hombres. De hombres valientes y de espíritu libre… Quienes desean continuar con la sumisión nunca hacen nada, pero sí critican a los que hacen algo; viven conformes con lo que los rodea e indiferentes ven morir a sus hijos o los miran crecer en la desnutrición y la ignorancia. Y esos niños irán mañana a engrosar las filas de los explotados si antes no son ganados por algunos de los males que aquejan a esta sociedad: la delincuencia, por ejemplo… Por esos niños, compañeros, para que ya no sean esclavos como nosotros, por ellos, ¡adelante en la lucha!
Esta vez sí la sala reventó. El Administrador lo había escuchado todo y tiritaba petrificado en el suelo, pegado a él. Hubo un momento -lo recuerda bien- en que Jorge lo miró mientras hablaba. Y pensó: “ahora sí me dirá lo que soy”… Pero no dijo nada… No hay dudas, entonces, que éste era un buen muchacho.
(Asco de sí mismo. Hasta de su nombre. Miserable de él. Escoria y estropajo. Pero esta vez no le contaría nada al gringo. ¡Esa será su venganza!).
Según el plan del sindicato, por espacio de una semana se prolongarían las manifestaciones de brazos caídos, a diferentes horas, todos los días. Asimismo, cuotidianamente se proporcionaría información a los periódicos y otros medios. Terminada esta semana, seguramente aparecerían nuevas tareas por cumplir.
*****
Cada vez que muevo el pie siento la fiebre del Fico. Parece que nunca le bajara, pero sin embargo sé que está mejorando. Y Julia reza, ora sin parar… y yo también quisiera rezar, pero la verdad es que no puedo, no me dan ganas; porque hay que tener vocación para rezar, hay que sentirlo aquí adentro. Cuando chiquito, me acuerdo que mi mamá nos hacía rezar tres veces: al levantarnos, al terminar el almuerzo y al acostarnos. Y una vez le pregunté: “¿Por qué no rezamos también en el desayuno y en la merienda?”. No supo qué contestarme, pero después me dijo: “sabes hijo, si quieres puedes rezar también después del desayuno y de la merienda”. Pero nunca lo hice. Pensaba que Dios podría molestarse si lo fastidiaba a cada rato. Ahora no tengo ganas de rezar. Mas bien siento unas ganas locas de llorar o de pegarle a alguien. Indudablemente me estoy portando mal con Julia, como si ella tuviera la culpa de lo que está pasando… Todavía está rezando.
-Ya duerme, mujer, que te vas a enfermar.
Cuatro días de huelga y nada. Felizmente que la gente no ha perdido el entusiasmo, pero tiemblo de que alguien comience a chuparse y lo eche a perder todo. ¡Qué viejo más duro! Una semana completa lo fregamos y no se conmovió. Y la gente se ha calentado de veras con el gringo. Por allí dicen que si no aumenta lo van a linchar. Y ésos lo hacen. Un pobre desesperado es una cosa terrible. Hay que ser pobre para saber cómo hinca el hambre y cómo duele el pecho cuando nuestros hijos no comen bien o comen tierra. Si el Fico estuviera bueno yo estaría contento. Pero el chiquillo me ha quitado la alegría al verlo tiritando con la fiebre o tiesito recibiendo suero. Tan pequeño y ya conoce los dolores de la vida. Y no estoy seguro si en otra ocasión hubiera aguantado tanta mala pata. ¿Qué es lo que me hace ser fuerte y enfrentar la vida?... Tiene razón Jorge cuando dice que si hay un ideal por el cual luchar, el hombre siempre encuentra optimista su existencia. Por que ya hay una razón para vivirla. Solo los chanchos comen y duermen. Solo los esclavos trabajan sin pensar. Pero aún así los esclavos se rebelaron varias veces e hicieron temblar a sus amos… Si nace hombrecito le pondré Espartaco. Y si es mujer, Esperanza. Y le compraré todo lo que me pida. Será una muñeca que sacaré a pasear los domingos al parque y los veranos a la playa. ¡Cómo me van a envidiar los muchachos! Porque tiene que salir bonita a su mamá. La Julia era la chica más guapa del puerto, pero algo tendré yo también que me hizo caso. Y nunca se ha quejado por la racha de mala suerte que nos ha caído. No. Ella no dice una sola palabra de reproche y más bien me comprende, me alienta, me ayuda. Mujeres como ella hay pocas y me siento orgulloso de ser su compañero.
-Julia, ¿qué quieres para tu cumpleaños?... ¡Julia!.
Ya se durmió la pobrecita… Como hombre, quisiera que mi hijo fuera mujercita. Fico la cuidará bien y hasta jugará con ella. ¡Pero pobre de él como la golpee!... Nunca más dejo que la cargue. Julia también deberá quererla mujercita, aunque no me ha dicho nada. Mañana le preguntaré… Cuando se enfermó el Fico tuve miedo de que abortara. Pero felizmente no pasó nada y el próximo mes, si todo sigue bien,  va a dar a luz. Esta vez no le ha crecido mucho la barriga. Seguro va a ser mujercita. Y yo quiero que dé a luz de una vez porque ya me aburrí de dormir solo.
                                                                             *****
Esa mañana le tocó a Gerardo hacer guardia alrededor de la fábrica, de diez a dos de la tarde, cuidando que no surjan rompehuelgas y sosteniendo grandes cartelones alusivos a su problema laboral expuestos al público. Mientras tanto, en el interior de la fábrica campeaban el silencio y algunos centímetros de polvo. Hollín y óxido. Instrumentos de trabajo sin su fuerza motriz.
Al retornar a su casa el obrero se llevó tamaña sorpresa al encontrar a Jorge cómodamente instalado en su precaria sala. Pidió disculpas por algún desorden que pudiera haber, aunque bien sabía que Julia lo arreglaba todo desde muy temprano, y contóle luego sobre su guardia en la fábrica.
Con sumo orgullo, Gerardo presentó a Julia ante Jorge y la esposa del obrero se integró al grupo para conversar sobre la situación de la barriada.
-Mire usted, joven, -dijo Julia- que el principal problema que tenemos en la barriada es  la delincuencia. Ayer nomás han venido los tiras y se han llevado preso al vecino, porque dicen que ha estado robando piezas en su trabajo. Y el vecino que parecía tan buena gente… ¿Usted qué opina de todo esto, joven Jorge?
-Mire, señora –contestó Jorge acomodándose mejor en la vieja silla de paja-, en lo que respecta a su vecino aún no podría opinar hasta conocer bien los hechos. Los capitalistas siempre están buscando pretextos para despedir o enjuiciar a sus trabajadores… Pero aunque haya sido como usted dice, su vecino habrá tenido necesidad de hacerlo, aunque esté mal hecho. Y eso ha sucedido porque ignora quizás el motivo de su pobreza, de su eterna falta de dinero… Ahora bien, ya que aclaré esto,  contestaré su pregunta a groso modo, sobre la delincuencia… Este mal es producto, compañero, de esta sociedad corrompida, cuyos vicios a veces nos arrastran si somos débiles. Los ricos, al no proporcionar al pueblo los medios de sustento indispensables, al cerrar las fábricas, al encarecer las cosas y al no brindar educación democrática, están empujando a mucha gente al vicio,  porque esa pobre gente no tiene para comer ni para vestir a los suyos…  Esto es como una selva, señora, en donde el animal más fuerte se come al más débil; es una lucha sorda por la supervivencia, sin principios, sin moral, fiera como las bestias. Quienes roban casi siempre lo hacen a los ricos, así que ellos son los perjudicados, pero nosotros somos los que nos degradamos.  Y nos degradamos no porque queremos sino porque ellos nos empujan. Porque ellos nos pisotean y nos cierran toda posibilidad de vivir una vida más digna y decente.
Julia nunca había escuchado a alguien explicar las cosas así, tan límpidamente, tan claro… ¡Cómo se enorgullecía que su esposo tuviera tales amistades! Y la verdad que para Julia era raro que un obrero hablara de esa forma. Creía que solo los ricos o los que podían ir a las universidades  tenían esos modales pulcros y, sin embargo, tan sencillos. Porque Jorge era, ante todo, sencillez, irradiando confianza y verdad por todos sus ángulos. Y cuando conversaba movía animosamente sus manos nervudas y fuertes y sus ojos parecían hablar a través de esos lentes gruesos, brillantes…
-Analizando, amigo Gerardo, muchas veces quienes delinquen lo hacen con un sentido de venganza contra la sociedad. Es una forma de rebeldía ciega, como la de los rockanroleros. Y ésos son signos de que el presente orden de cosas se está descomponiendo, está muriendo. Y seremos los obreros los que lo sepultaremos para siempre, para sobre sus escombros levantar la nueva sociedad socialista, justa, donde ya no habrán pobres ni ricos, ni explotados ni explotadores; donde nuestros hijos tendrán ropa limpia, leche, zapatos, escuela y atención médica. Donde los obreros trabajaremos para nuestra patria y ya no para el reducido grupo de zánganos que viven a nuestras costillas. Una sociedad donde recogeremos todas las riquezas del suelo peruano para beneficio nuestro; o sea que ya no se las llevarán los imperialistas norteamericanos… En fin, Gerardo, una sociedad en que las mujeres, nuestras señoras, también intervendrán en la producción y no serán solo simples esclavas del hogar, sin posibilidades de progresar…
Julia suspiró hondo. Muchas de las cosas que hablaba Jorge no las entendía, pero aún así sentía que le llegaban al alma. Fue a la cocina a preparar algo y Jorge continuó conversando con Gerardo, hasta que concluyó en que había llegado el momento de exponerle el motivo principal de su inesperada visita:
-Mira, Gerardo -continuó Jorge-, he esperado mucho para conversar contigo y recién hoy me he animado a hacerlo… Y lo hago porque he observado que de entre todos los muchachos de la fábrica, tú eres uno de los mejores y más sinceros. Quizás yo pronto me vaya de la fábrica y…
-No estás hablando en serio Jorge…
-Sí estoy hablando en serio, Gerardo. Ya sabes que estoy despedido y que si no me he largado hasta ahora es porque no puedo abandonarlos en un momento de lucha. Tenemos que triunfar… Pero todo depende de que los muchachos aguanten un poco más. Si dentro de tres días no se resuelve nada a favor, iré a hablar personalmente con el gerente a su casa, y allí me jugaré la última carta. Le diré que acepto irme de la fábrica siempre y cuando, formalmente, les dé a ustedes el aumento que piden.  Y solo una vez firmado el pacto colectivo, me iré. Yo sé cómo asustarlo porque lo conozco… Y ya verás cómo preferirá aumentarles a ustedes antes que tenerme en uno de sus centros industriales… Y habrá, pues, que irse, Gerardo… Más allí reside el problema… Quisiera irme con la seguridad de que en la fábrica queden compañeros decididos como tú a continuar la preparación sindical de los trabajadores; tú tienes cualidades para ello, compañero: eres sencillo, fácil de palabra, sincero y los amigos te estiman y respetan. Por otra parte, siempre nos seguiremos viendo para conversar.
-¿Esto es definitivo, Jorge?
-Sí, hermano, es definitivo. Creo que tengo que dejar la fábrica para que los demás compañeros no se sacrifiquen en una huelga larga. Pero aún no digas una palabra de esto a nadie.
-En cambio tú sí te sacrificarás… ¿En qué vas a trabajar luego?... ¡Tú también tienes familia!
- No te preocupes, ya encontraré otro puesto. Ahora, permíteme concluir. En otras reuniones te he explicado, lo mismo que a los otros, lo que significa el sindicato como instrumento de lucha en manos de los trabajadores. Eso creo que ya está bien esclarecido… Pero te darás cuenta que el sindicato tiene un campo limitado de acción y solo enfoca las relaciones obrero-patronales y nada más. Y quienes son verdaderos revolucionarios no deben preocuparse solo de sus propios problemas, sino de los problemas de toda la clase, tarea que el sindicato no puede cumplir… ¿Me vas comprendiendo?
-Sí, Jorge, continúa.
-Bien, Mariátegui ya dijo que los obreros no lucharán solo por conseguir aumentos salariales o mejores condiciones de trabajo; sino que, comprendiendo su posición histórica,  deberán ir más allá: hacia la conquista definitiva de los derechos económicos y políticos para toda su clase. Y eso se podrá hacer solamente desde arriba, o sea, cuando se llegue al poder. No es un utopía o una ilusión cuando se habla de la toma del poder por los obreros. Algunos compañeros creen ver en esto una cosa imposible, sin saber que una gran parte de la humanidad ya lo ha hecho. Cuba, aquí cerca, es el ejemplo más reciente…
-Eso sí lo he comprendido, Jorge, en otras veces que hemos conversado. Y yo soy un convencido de que en el Perú igual cosa debe suceder. En lo que sí estoy confundido es en la forma cómo se hará.,
-Claro. Muy buena interrogante. Te explicaré. En cada país se dan formas diferentes de toma del poder estatal por los explotados. El caso nuestro es bien claro: EL Perú es una dependencia de los imperialistas yanquis porque ellos se roban nuestras materias primas, nuestras riquezas naturales y explotan vilmente a nuestra población. El petróleo, el cobre, el oro, los fosfatos, el algodón, el azúcar, todo se lo llevan amparados por las leyes peruanas. Mientras tanto, en el campo, la gran mayoría de la población vive en un régimen feudal, más retrógrado que el capitalista; quiere decir que son siervos de los grandes terratenientes que han usurpado sus terrenos comunales implantando un gobierno feudal sobre la tierra y sus ocupantes. Estos latifundistas son aliados de los imperialistas yanquis en la explotación del pueblo peruano. Del lado contrario, naturalmente, estamos los obreros y los campesinos como los más pobres de esta sociedad y al mismo tiempo los más conscientes de lo que está sucediendo. Y por el mismo hecho de ocupar puestos claves en la producción del país -ya que sin nosotros nada se produce- nos corresponde históricamente una misión sublime: enterrar al capitalismo. Este sistema se encuentra en descomposición, pero no vamos a esperar a que se desintegre solo, sino que debemos acelerar su muerte; por algo somos los que directamente aguantamos la explotación… Cuánto más rápido nos liberemos de nuestros verdugos, más niños se salvarán del hambre y las enfermedades, y más pronto nuestro país estará en el campo de las naciones libres con destino propio.
-Muy interesante… Sigue, hermano…
-Te habrás dado cuenta que cuando los campesinos intentan recuperar sus tierras son masacrados por las fuerzas represivas del Gobierno; que cuando los estudiantes del pueblo protestan por la pérdida de algunas libertades, son encarcelados junto con los delincuentes comunes, como sucedió con los universitarios de Ingeniería que fueron violados por los hampones de El Sexto; y que cuando nosotros los obreros presentamos un pliego de reclamos, los dirigentes somos despedidos; y si nuestros patrones quieren, cierran la fábrica y todo el mundo se queda sin trabajo… ¿Por qué sucede esto? ¿Por qué los ricos pueden reprimir a los pobres? Pues, mi querido Gerardo, porque ellos tienen el poder en sus manos, tienen las riendas del Estado con todos sus organismos: policía, ejército, jueces, todo. Y lo que es más, tienen Partidos políticos que dirigen sus gobiernos. Estos Partidos tratan de conquistar a las masas con mil promesas y unas cuantas migajas de sus banquetes, habiéndolo conseguido muy bien muchos de ellos.  Y gracias a estos Partidos políticos han usurpado el poder bajo una apariencia democrática y se mantienen en él por la fuerza de las bayonetas… ¿Tú crees que ellos están dispuestos a ceder algo de su poder en favor de los pobres?... No, Gerardo. Ellos nunca cederán, siendo una ilusión el pretender arrebatarles ese poder por medio de elecciones y otras farsas democráticas que utilizan y controlan. El camino a seguir es uno y claro: si ellos nos dominan y reprimen mediante la violencia, pues tendremos que contestarles con la violencia. Reconocer esto es ponernos en el verdadero camino de la revolución peruana. Nosotros no somos los que escogimos la violencia: son ellos los que la utilizaron primero. Solo les damos vuelto con la misma moneda…
Gerardo había abierto tamaños ojos, apoyando su cabeza sobre las palmas de las manos. Julia llegó con un plato de papas picantes. Jorge se sirvió con toda naturalidad y confianza, logrando que la ama de casa se pusiera contentísima. El obrero comió rápido, como deseando continuar de una vez con la interesante charla.
-Cocina muy bien tu señora. ¡Y qué joven es!... ¿De cuántos años te casaste?
-De dieciocho y ella de dieciséis. Mocosita la cogí… Pero es la mejor del mundo. Jamás me separaría de ella ni por una semana…
-Si vieras cuánto gusto me da que se quieran tanto. Quisiera ser padrino de tu próximo hijo…
-¿De veras, Jorge? -exclamó jubilosamente Gerardo-… Julia, ven…Jorge va a ser padrino de Espartaco… Sabrás, Jorge, que se va a llamar Espartaco… Aunque aquí, entre nosotros, es mi mujer la que quiere que se llame así. Yo prefiero una niña y que se llame Esperanza… Pero sigue, Jorge, sigue.
Jorge sonrió viendo la impaciencia de Gerardo y prosiguió:
-Sí. Como verás, pues, la tarea por cumplir es tremenda: la revolución. Esa sola palabra nos asombra por su complejidad. Porque no es una cosa sencilla la revolución, Gerardo. Al contrario, es lo más complicado, duro, doloroso, pero seguro. El menor error es allí grande en consecuencias y puede detener y retrasar el proceso por un tiempo indeterminado. El primer requisito para que se inicie y triunfe una revolución es que existan ciertas condiciones en el país, muchas de las cuales ya se dan desde hace mucho tiempo atrás; pero hay otras condiciones que aún no se presentan en forma completa y que son lógicamente las que hay que activar. Quienes van a luchar, hermano,  tendrán conciencia plena de lo que van a hacer, estando dispuestos a vencer o morir… ¿Y quién crea esas condiciones?... Es el Partido. Sin la existencia de un Partido auténticamente revolucionario no podremos hacer la revolución, porque él es la cabeza, porque en él están representados lo mejor de las clases explotadas. Ese Partido está íntimamente ligado a las masas populares y las sirve incondicionalmente; así como el pez no puede vivir fuera del agua, de igual manera el Partido no puede existir desligado de las masas… Yo, Gerardo, pertenezco a ese Partido. Es un Partido nuevo, diferente a cuantos conoces; porque está conformado por gente joven, desinteresada, dispuesta a jugarse la vida con tal de lograr la liberación de nuestra patria. Es el Partido el que da las directivas para que luchen los obreros en sus sindicatos, para que los campesinos se movilicen en pro de la recuperación de sus tierras, para que los estudiantes consigan mayores libertades. La tesis principal de nuestro Partido es que en el Perú se debe acelerar el trabajo de concientización para tomar las armas y lanzarse a la conquista del poder para el pueblo. En ese Partido, todo aquel que quiera luchar por su patria recibirá la instrucción necesaria para hacerlo ,se formarán dirigentes revolucionarios que se desplazarán por todo el país movilizando a las masas explotadas. Tarde o temprano, todos tendremos que partir a luchar en las filas de la revolución peruana, hasta vencer o morir. Este Partido, Gerardo,  es el Movimiento de Izquierda Revolucionaria, el MIR…
Un silencio hondo se hizo en la pequeña sala. Las paredes de roída madera quedaron impregnadas con esas palabras… Y Gerardo miraba el retazo de cielo que asomaba a través de la puerta. Afuera, los chiquillos corrían retozando como si frente a ellos no se levantara un mundo de pobreza y miseria. Era como si trataran de aprovechar la última gota de luz diurna, ya que sabían de esas noches oscuras y llenas de ruidos desconocidos en que no podían salir a jugar. Del único pozo, una fila de mujeres flácidas llenaban sus recipientes con agua, mientras sus pequeños colgaban atados a sus espaldas. Gerardo salió a la puerta y respiró hondo, luego miró la casa desierta del vecino y a la barriada con sus latas y esteras. Julia, la chiquilla madre, fue al pozo con el balde y su vientre henchido.
                                                                           *****
Calle tremenda (o avenida). Debe cansarse de ser tan larga y sobre todo de estar siempre acostada, sin poder desperezarse. Duele la espalda, pero los carros ruedan y ruedan, chiquitos, grandazos, humo y ruido a lo largo del gusano asfaltado. La avenida (sí, era avenida) se viste de fiuesta al pasar por las Unidades Vecinales, respirando hondo cuando surca los campos eriazos, camino al Callao…
Por las avenidas Colonial y Argentina llegaron más delegaciones a la Plaza Dos de Mayo. Ésta se mostraba siempre alegre, pero estrecha, herida por varias calles que desembocaban allí. En su centro, al lado del monumento, ya se había levantado el estrado desde donde los dirigentes sindicales hablarían a los obreros de las fábricas en huelga. En las bancas, en el gras, en las aceras, en la carretera -porque se había cerrado el tráfico- y, en fin, en todo vacío disponible se erguía la figura de un obrero en actitud de espera, camisa arremangada y el ceño fruncido. Sobre todo los obreros de las fábricas con más días en huelga.
El Administrador, flaco y ojeroso, también estaba mezclado entre la masa. ¿Sabían que pretextó estar enfermo y hasta se internó en una clínica con tal de no ir a trabajar?. El Señor Gerente casi revienta. Pero se tragó el cuento de la enfermedad. Más la verdad, toda la verdad, era que el Administrador tenía miedo y vergüenza. Miedo de atreverse a cruzar los cordones de seguridad de los obreros en guardia. Y vergüenza de sentirse gusano. Quisiera ser carretera. Avenida Colonial. Para que lo pisen los carros. Gusano como esa calle. Solo que él podía desperezarse y hasta levantarse. Y esto recién lo estaba descubriendo.
Desde el estrado los dirigentes prometieron a sus bases continuar en la lucha y una federación equis se comprometió a ayudar con víveres y dinero a los huelguistas de las fábricas, los que se alegraron mucho con la noticia. La quiebra que tanto temía Jorge no se había producido. Y más bien parecía que conforme avanzaban los días de paro, los obreros se tornaban más duros y beligerantes. Muchos querían apedrear la casa del gringo, pero Jorge los persuadió que eso no conducía a nada y que más bien perjudicaría la causa. Y no era que Jorge tuviera miedo sino que sabía que cualquier represalia podía quebrar a los obreros que por primera vez intervenían en una lucha sindical. Más bien él opinaba que si el Señor Gerente contrataba gente nueva para trabajar, allí sí deberían tomar por asalto la fábrica e impedir que eso sucediera. Esto explicaba el  por qué alrededor de ella se mantuviera un servicio de control día y noche, con mensajeros que llevarían la voz de alarma a todos los obreros en el momento oportuno.
Terminado el mitin, los obreros intentaron realizar una marcha hacia la Plaza San Martín, pero fueron duramente reprimidos por la Guardia de Asalto, los esbirros más fieros que tenía el Gobierno. La lucha en las calles se prolongó por varias horas, hasta que al final todos se dispersaron con los gases y chorros de agua que lanzaba el carro rompe manifestaciones, creación de un oscuro personaje del ochenio odriísta apellidado Rocha y cuyo nombre ha quedado perennizado en ese odioso instrumento de represión conocido como “rochabús”.
                                                                             *****
La fina garúa de invierno lo envolvía todo con su húmedo manto; y agregada a la oscuridad reinante, la terraza se mostraba lúgubre, como si sobre ella danzaran misteriosos fantasmas con sus túnicas blancas. Un gallo sacudió sus alas para anunciar la alborada, pero su canto fue acallado por los perros que peleaban en el callejón disputándose los desperdicios de una lata con basura. Mamá Rosa movió con el pie al Negrito que se levantó de un salto.
-Buenos días, Mama…
-Ya es hora, Negrito. Ponte tu chalina y medias gruesas para que no te agripes.
Al contacto con el aire frío, madre e hijo terminaron de despertarse. Las sábanas que colgaban de los alambres seguían semejando extraterrenales seres. Pero Mama Rosa las acarició una por una, les dio vuelta, las volvió a mirar y, entre maldiciones, las recogió metiéndolas en el cuarto. Con la mirada buscó un rincón vacío donde ponerlas, pero en ese cuartucho parecía que todo lugar disponible estaba ocupado. El Negrito tendía la cama y bostezaba con una boca ancha, mezcla de sueño y hambre.
-¿Ya rezaste, muchacho?
Mama Rosa dejó caer su paquete sobre la única cama y luego de una bolsa de papel sacó un pan duro que se lo entregó al Negrito.
-¿Y para ti, Mama?
-¿Qué crees, muchacho zonzo, que no he separado mi parte?... Come rápido que ya clarea.
Mama Rosa salió a traer agua para lavar ropa y los gallos y perros entremezclaban sus voces despertando a la gente. A la gente pobre. Porque esa otra clase de gente no se levanta a esta hora. Seguramente recién estarían acostándose.
A la gente pobre. A la amiga de la pulmonía y la tuberculosis. A la hija del hambre, hermana de los chinches y de los piojos.
A veces los ricos recorrían con sus carros la Avenida Bolívar y señalaban orgullosos los grandes bloques de cemento con los que decían haber solucionado en gran parte el agudo problema de la falta de viviendas. Y alababan el material noble empleado, la pintura, los muros, o sea, solo los afeites. ¿Pero conocerían los intestinos de esos bloques, su superpoblación, sus callejones miserables y mugrientos y, sobre todo, sus barriadas aéreas?... Dicen que todos esos bloques son propiedad de la familia Prado. Sepan, pues, que la miseria tiene sus progenitores.
El Negrito ya estaba lejos de la pestilencia del cuarto, de los ronquidos de la Mama y de las manos lujuriosas de la Hermelinda, zamba caliente de La Victoria. ¡Cómo le temía el Negrito! Cierta vez la zamba lo pescó solito en su cuarto y se le abalanzó forcejeando por quitarle los pantalones. El Negrito sudaba defendiéndose, pero no gritaba. Hasta que sus fuerzas lo abandonaron y dejó hacer a la zamba Hermelinda. Después ella le dijo:
-Ya vez, zoncito, como era rico y tú escápate que escápate…
Cuando la mamá llegó, el Negrito no quiso mirarla a los ojos. Ya era un macho joven en el reino animal.
Seguramente que éste sería un día igual a cientos de otros. Ya madre e hijo habían perdido la cuenta. La Mama porque no se acordaba. Y el Negrito porque aún no sabía contar, aunque sintiera el peso sobre su tierna espalda. A las once ya habría terminado de vender todos los periódicos, luego lustraría zapatos, vendría a casa a comer lo que hubiera y, en la tarde, nuevamente a vender periódicos. La misma rutina. Trabajaba porque le dolía hondamente el ver a la Mama fregarse los riñones lavando ropa. Solo la noche era diferente. La Mama leía la Biblia y las Tradiciones Peruanas hasta que él se dormía. Luego, los sueños más tranquilos y apacibles, donde no existía ni el hambre ni el frío. Menos la zamba Hermelinda tirándosele encima.
                                                                         *****
El cuarto del hotel, además de pequeño, tenía ese olor a madera vieja y a ron de quemar. Era una lástima no conocer bien Lima para alojarse en un buen lugar. Mario se incorporó de la cama aburrido, con calor, y se alistó para salir. Toda la mañana había aguardado a que alguien fuera a verlo, pero en vano. De su maletín extrajo ropa interior nueva y se cambió. Afuera continuaba el ruido infernal de los vehículos. Antes de ponerse el pantalón decidió esperar una hora más, tan solo una hora. ¿No era ya suficiente acaso?
-¿El compañero Mario?
Ahora se encontraba en plena calle y el ruido era menor que dentro del hotel.  Quizás no había existido todo ese ruido horrendo, siendo tan solo producto de su soledad y espera. Dos urbanos y un colectivo. Y por fin sentado en el confortable de una bonita sala. El compañero que lo condujo desde el hotel se retiró.  Allí se enteró que tendría que permanecer más tiempo del previsto en Lima porque sus encargos aún no estaban listos.
(-Mario, es necesario que utilices otro nombre para presentarte a los compañeros de Lima. Es solo por seguridad.)
-Mientras tanto puedes vivir junto con otro compañero, si no te es ninguna molestia. Aprovecharás para que te enseñe la ciudad. ¿Has traído dinero suficiente?
(-Yo no creo que nadie corra peligro alguno si uso mi propio nombre. Disculpa, Aurelio,  pero aún no me acostumbro a ciertas cosas.)
-Y en tus ratos libres puedes ir leyendo estos folletos del Movimiento. Y si no comprendes algo, pregúntale nomás al compañero Raúl, porque entre nosotros no debe haber ningún recelo. Toma…
(-Lleva este papel, Mario, y tan luego como lo memorices hazlo desaparecer. ¿Entendido?)
-Aquí nos despedimos. Estos papeles guárdalos muy celosamente y solo deberás entregarlos a Aurelio cuando regreses. A nadie más. Que te diviertas…
(-Y cuida, Aurelio, que nadie moleste a Lucila.)
-Soy el compañero Raúl. Tengo mucho gusto de tenerlo en mi humilde cuarto. Pero no se preocupe que nos acomodaremos.
El edificio, visto desde lejos, era imponente. Mas el departamento que ocupaba Raúl en el tercer piso era estrecho pero ordenado. Y sobre todo no olía a tablas viejas, a ron, a burdel, como el cuarto del hotel. Y hasta contaba con su bañito interior. “Son trescientos  soles mensuales que me roban los acaparadores de fincas urbanas, compañero”, comentaría luego Raúl refiriéndose al alquiler que abonaba por su vivienda.
                                                                         *****
El Negrito sabía que de continuar vendiendo periódicos y lustrando zapatos, jamás conseguiría que la Mama dejara de lavar ropa. ¡Y cada vez más la señora se quejaba de sus dolores a los riñones, a la cintura y a todo el cuerpo!... Cierta vez leyó en El Comercio que pedían muchachos para una fábrica. Y allá se dirigió. Desde entonces se convirtió en un obrero y su fuerza de trabajo ya tuvo dueño y precio. Su vida misma fue cedida en alquiler-venta a quienes ostentaban el título de amos y señores de máquinas y hombres. Mientras nadie se metió con él, trabajó como un burro, duro y parejo. Diez, doce horas diarias. Apenas si podía mantenerse en pie cuando llegaba a casa. El cansancio hizo que dejara de lado las oraciones y la lectura y solo se dedicara a trabajar, dormir y, a veces, comer…
-Negro facineroso… ¿Por qué no has comido el pan en tu desayuno? Voy a ver la bolsa y allí está todavía. Desconsiderado, seguro quieres matarme de pura cólera.
-Debe haber sido tu pan, Mama, porque el mío me lo comí.
-Cuál mío ni cuál tuyo, si solo había un pan, por Dios.
-¿Ya ves Mama como solo había un pan?… Mira, me comeré la mitad y el resto para ti. Y el sábado, cuando me paguen, ya verás, compraré una bolsa entera de pan para comer los dos solitos hasta reventar… Bueno, pero si quieres invitamos también a la Hermelinda. ¿Es cierto que ya tiene marido?
-¿Para qué quieres saber esas cosas so mocoso malcriado?
El día amaneció nuevamente húmedo. Y el Negrito sentía al frío más profundamente incrustado en sus huesos. Se preguntaba si la Mama Rosa no estaría inmunizada contra la humedad; todo el día mojándose las manos, el vientre… De un patadón hizo rodar a un perro sarnoso que se había dormido en la escalera y ya en la calle escupió con furia sobre el aullido lastimero del animal. Llegó cinco minutos tarde al trabajo y el capataz lo rezongó feamente llamándolo haragán, ladronzuelo, muerto de hambre. El Negrito pujaba y se mordía los labios para no contestar. Pero dentro de su pecho sintió que un volcán comenzaba a lanzar su primera lava. Lava caliente de odio, de resentimiento, de impotencia frente a los abusos. Parecía que el resto de la mañana iba a transcurrir sin novedad, pero he aquí que el capataz nuevamente le achacó no se sabe qué error, pateándolo en el suelo inmisericordemente. El débil cuerpo del adolescente rodó por el aceitoso piso de la fábrica, yendo a parar sobre unos fierros. El Negrito entonces, obnubilado por la cólera, tomó el fierro más próximo a sus manos y lo lanzó con todas sus fuerzas contra el capataz que se dobló pesadamente, horizontal…
Media hora después, el Negrito aún seguía corriendo, hasta que cayó desvanecido en una orilla del Rímac. Los alcatraces y pelícanos desfallecían de hambre y vanamente buscaban un pececillo que las aguas del río pudiera arrastrar. El largo pico del ave hincó las piernas del Negrito y éste levantó la cabeza asustado. Anochecía. Y su cuerpo había sido duramente castigado por el frío y el cansancio. Ya no podría comprar la bolsa de pan para la Mama. Y el sábado sería aún más triste que este jueves. Lanzó un grito y otro y otro; y los sollozos brotaron en oftálmico torrente, caudaloso, hablador como el río que lo vio nacer. Como el río que hoy lo ve llorar.
El frío no se compadece de los cuerpos famélicos, ni del zapato roto, ni menos de las lágrimas de un casi niño que se recibió de hombre. Una fina neblina penetraba en cada médula humana y se hospedaba allí, hiriendo, crujiendo, haciendo temblar. El Negrito, tiritando por la fiebre, cayó en los brazos de la Mama Rosa.
                                                                                  *****
El tráfico de gente era frenético y jamás Mario imaginó recrearse tan a sus anchas observando el amanerado caminar de las limeñas. Razón tenían los tipos al comentar lo famoso de ese andar, coquetón, siempre incitante. En cada esquina encontraba hermosas novedades, pareciéndole que conforme avanzaba hacia la Plaza de Armas el ambiente se  tornaba más colorido. Muchas jovencitas hasta llegaron a sonreírle y a guiñarle un ojo… Miró su reloj y decidió regresar al cuarto para sacar algún dinero y divertirse durante la noche. Ojalá, pensaba, que no estuviera Raúl y le fuera a pedir explicaciones de su quehacer en la calle.
                                                                                    *****
Cuando el Negrito cumplió los diecisiete años se presentó como voluntario al Ejército. Quizás lo impulsó el hecho de que afuera la vida sea tan dura, sin trabajo, con días enteros sin comer, pasando frío durante el invierno y huyendo de todos los centros laborales. De buen porte, robusto a pesar de las privaciones, muchas veces fue tentado por algunos de sus amigos a ingresar a la vida delictiva. Pero he aquí que surgía en su mente las figura idolatrada de la Mama Rosa y contestaba con un rotundo no a esas insinuaciones. La Mama Rosa se fue. Se fue para siempre llevándose consigo su dolor de espalda, su vientre mojado y sus fantasmagóricas sábanas. Pero su recuerdo ha quedado en el barrio, en los callejones de la barriada aérea, allá arriba, en la azotea del último piso de la cuadra trece de la Avenida Bolívar. Donde Prado y su familia crearon el hambre y la subvida. En el mismo cuarto vivió el Negrito por algún tiempo, hasta que se quedó sin trabajo y no pudo pagar las tres mensualidades que adeudaba. La Hermelinda lloró porque se quedara y le aseguró que ella y su marido lo cuidarían como a un hermano. Pero él dijo no y salió a enfrentar la vida en toda la extensión de su crudeza. Altivo y orgulloso, decía que antes prefería morirse de hambre que mendigar un pan o robárselo a otro. Al dejarlo Mama Rosa le echó la culpa a todo el mundo. El mundo entero era culpable de que su santa madre hubiera muerto, porque ese mundo la había hecho trabajar como esclava, como negra, como burra. Porque ese mundo no había considerado que era mujer y que tenía un hijo por quien velar y a quien leerle los libros.
                                                                               *****
Era de día. Pero en el edificio la noche llegó muy temprano. Afuera, el sol se desplazaba rumbo al mar; pero adentro, la oscuridad lo era todo. Y en el centro del cuarto Raúl permanecía inmóvil. Estaba nervioso, por lo que respiró hondo, lavóse la cara con agua fría y recuperó su natural calma. Pero no encendió la luz, ya que quizás no alcanzaría para todos los recovecos de su atribulada alma, confundida y apasionada. Amaba entrañablemente dos cosas: el recuerdo de su Mama Rosa y al Movimiento. Islas inmensas de incomprensión surgían dentro de él, desesperándose al no poder solucionar de inmediato los males de la sociedad; y creía sinceramente que para que esto se haga realidad bastaba el golpe de gracia, el puño cerrado dejándose caer inclemente sobre lo podrido y ya inestable. El triunfo de la Revolución Cubana lo había obsesionado aún más en esta idea. Encendió la luz y se recostó en la cama, para intentar leer. Pero dejó el libro a un lado y prefirió escuchar música peruana de una radio. Al llegar Mario, aún lo encontró despierto, pese a lo avanzado de la noche.
-¿Está con sueño, compañero? –preguntó Raúl.
-No… ¿Por qué? –respondió Mario.
-Por nada. Para conversar un poco a ver si así nos dormimos.
-Bueno…
-Dime Mario, ¿qué te parece Aurelio?
-¿Aurelio?... Es un gran muchacho.
-¿Y cómo marcha la cosa por allá?... Me refiero a la gente, qué piensa de la revolución y del Movimiento.
Mario se incomodó con la pregunta y quitándose el saco y la corbata respondió:
-Mire compañero, por allá todos estamos entusiasmados con la idea de la revolución y hablan de las guerrillas y de la lucha armada. Hasta mi novia milita en una célula donde  la preparan para cuando llegue el momento.
-¿Y en qué consiste esa preparación? –preguntó Raúl incorporándose de la cama.
-Bueno, estudian bastante todas las noches, hacen propaganda en las paredes, reparten volantes y…
-¿Qué más?
-Nada más que yo sepa. Usted sabe que esas cosas las conocen a fondo los dirigentes. Yo nada más soy un colaborador y procuro hacerlo bien.
-Claro que sí. Pero dígame, compañero Mario, ¿no sabe si a los militantes los preparan para la lucha misma, les dan instrucción militar o algo por el estilo?
Mario no contestó; siguió desvistiéndose e hizo como que no había entendido bien la pregunta.
Raúl insistió:
-¿No sabe si están aprovisionándose de dinamita, fusiles y demás cosas necesarias para enfrentar al ejército?
-No, compañero. Nunca me he enterado de que estén haciendo esas cosas. Solo estudian en la misma ciudad donde no creo que puedan ejercitarse en asuntos militares.
-¡Ésa es la falla!, -gritó Raúl terminando de incorporarse en la cama-. La mayoría de nuestros dirigentes son miedosos y no se atreven a enfrentar la realidad. Creen que con pura palabrería van a derrotar al enemigo… ¿Cuántos años tienes Mario?
-Ya me voy por los veintiuno.
-¿Y sabías que en Cuba hay comandantes de veinticinco años?. ¡Comandantes, Mario, comandantes!... Pero acá, así como vamos, llegaremos a tener comandantes de ochenta años.
Mario rio y comenzó a quitarse las medias nerviosamente. No le gustaba este tipo de conversación y notó que sudaba y la ropa se pegaba al cuerpo.
-Yo he estado en Cuba, compañero -siguió hablando Raúl- y he visto lo grandioso de la revolución. El pueblo allí es dueño del poder, dueño de todo. Y qué orgullo el de esos jóvenes el saberse dirigentes a tan temprana edad. El mismo Fidel es un muchacho y su hermano Raúl lo es más. Todo el pueblo los adora, los aplaude y les abre el paso por donde van. Hablan por la televisión, salen todos los días en los periódicos, en fin, son alguien. Y antes de la revolución eran desconocidos. Hoy hacen viajes por todo el mundo, conocen a grandes personajes de otros países, son famosos y cuando mueran el pueblo los llorará y levantará monumentos, dándoles a las calles y avenidas sus nombres… Pero si se hubieran entretenido en palabrerías y discursos, aún serían unos don nadies… ¿No te parece?
-¿Y qué hicieron para llegar al poder tan pronto? -preguntó Mario más interesado en la conversación.
-Lucharon, hermano, lucharon. Se atrevieron a desafiar y enfrentar al bien montado ejército de Batista. Y es que con las guerrillas, compañero, ningún ejército puede jamás. Todo consiste en decidirse y aventurarse a la acción.
-¿Y qué seguridades tienen los que se lanzan a la lucha abierta?
-Muchas ventajas… Le ganan en iniciativa al mismo ejército. Las guerrillas operan en terreno apropiado y donde las masas son pobres y explotadas. Por ejemplo, en la sierra… Allí no llegan los soldados, ni los aviones, ni nada. Se está más seguro, incluso, que en la misma ciudad. Tú sabes que aquí en la ciudad estamos rodeados de soplones y miedosos por todos lados, que en cualquier momento flaquean y pueden delatarnos, hacernos apresar y se acabó el cuento… ¡Como nunca las condiciones para la revolución violenta son más propicias en el Perú! Cuántas masacres ha cometido Prado que ya nadie cree en elecciones. Pero si no hacemos nada, el próximo año subirá otro al poder y las cosas seguirán igual…Peor si gana el pituquito de Belaunde que es más astuto que un zorro y que seguramente hará algunas reformas que frenarán el proceso. Si estuviéramos seguros que ganará Odría o Haya… ¡Pero no!...Va a ganar Belaunde, porque este pueblo es un zonzo y no se da cuenta de quienes son sus enemigos. El pueblo peruano está acostumbrado a aprender con golpes y así hay que tratarlo. Parece que a la gente le gusta la explotación porque nada hace para impedirla. Tanta indiferencia, Mario, me exaspera y por momentos dan ganas de mandarlo todo al diablo y dejar que cada cual viva su vida a su gusto y manera. Al que le cuadre ser esclavo, que siga esclavo. Pero lo que es yo, si nadie se decide a hacer algo, me iré del Perú a cualquier otro país que quiera luchar por su liberación.
Raúl calló y torció los labios, escupiendo. A Mario le sudó más la frente.
                                                                            *****
En una mañana fría al Negrito le dio flojera levantarse temprano y se quedó en la cama durmiendo. Su castigo fue no salir ni el sábado ni el domingo.  Después de este primer castigo, vinieron muchos más. En otra ocasión, conjuntamente con otros soldados,  le pegó a un oficial que tenía fama de abusivo y por esta acción fue encerrado en un pestilente calabozo, largo y oscuro, junto con sus compañeros. Dentro de la mazmorra habían cerca de quince detenidos más, en su mayoría morenos de Chincha o del Rímac, que mataban el tiempo escuchando música de una pequeña radio portátil. Durante la noche todos se acomodaron para dormir y esperar lo que pudiera acontecer al día siguiente.
-Encerrado y jodido, carajo, sin hembras… -se quejó un soldado.
El Negrito se rascó la espalda sin darle importancia. Se asomó luego por los barrotes y solo vio el patio oscuro y frío del cuartel, a los centinelas y al oficial de guardia que dormitaba sobre una mesa. El cabo se paseaba incansable acompañado por la rotación del llavero alrededor de su índice.
En el patio hacía frío. Pero más frío era ese apestoso calabozo de paredes húmedas y sucias. Se abrochó el capote hasta el cuello tirándose cerca de la entrada. El silencio y el frío volvieron a reinar en el largo calabozo. De la radio portátil emergió el tono de un canto triste, negro… Y el calabozo se alumbró con los suspiros hondos de unos cuerpos cochinos.
                                                                                 *****
-Y tú tienes la oportunidad, Mario, para hacer cambiar de parecer a Aurelio. Todo depende de ti. ¡La revolución necesita de gente decidida! -terminó de decir Raúl después de casi una hora de perorata.
                                                                                 *****
Cuando llegaron a Santa Catalina recién se terminaron los días negros. ¡Parecía que no había cuándo se acabaran. Y la vida tan amarga, como siempre. Los soldados de aquí son más chiquitos que los de la Escolta. Y sin embargo son policías militares, peemes. El Negrito bajó más de cinco kilos en una sola semana. Y uno de sus compañeros se había tuberculizado con la humedad.. Así es la vida, amigos
Alegre para otros
y muy triste para mí.
-Calla, Comegato, que ahorita nos echan agua.
-No, negro, aquí son menos salvajes que allá.
Los calabozos de Santa Catalina son más pequeños que los de la caballería; pero también más húmedos y silenciosos. Ya no había la radio que acortaba esas noches largas y los policías militares no dejaban que Comegato cantara.
-Pero al menos no nos pegan, hermanitos…
-Serrano maricón, cuándo dejarás de decir hermanitos.
Y la voz de Comegato se pulía tratando de imitar el dejo de su compañero de celda. Al medio, el Negrito descansaba recostado contra la pared y con la mirada fija en un punto invisible del muro de enfrente. Decía el sargento que mañana serían interrogados por el Servicio de Inteligencia y que pronto les abrirían juicio formalmente en la Zona de Guerra.
-.Ya ves, cojudo, métete con los oficiales y verás lo que sacas. En la vida hay que ser pendejo, negro. Si no, te montan. Mientras estés en el servicio aguanta callado, hazles la venia, alábalos que eso les gusta.
En el cuartel Santa Catalina los soldados están pasando rancho. Al final de la compañía marchan los detenidos y todos los miran mientras desfilan.
-¡Paso de desfile…  Marchen!
Y los morenos de la Escolta levantaban la pierna hasta la altura de la cintura. Hasta más arriba. El pie bajaba cadencioso, desganado y golpeaba débilmente la pista que une el patio principal con el comedor, pasando por las cuadras de las tres compañías. Así es la vida, amigos, alegre para otros
y muy triste para mí.
-¡Negro Comegato!... Cállate la boca o te hago ranear.
Y la bota del sargento cayó seca sobre un muslo del soldado. Algunos policías militares sonrieron y comentaron que el sargento debería crecer para patear a los de la Escolta. Y dicen que los rángers son así de altos. ¿Qué por qué los han traído?... El más alto le ha sonado a un capitán… Hay que tener cojones para hacerlo… ¿Estaba borracho?... El Capitán entró a tomar lista y le tapó la boca de un sopapo… ¡Qué desgraciado!... ¿Y quién dice todo eso?... El sargento logró ver el parte que envió el Mayor de Caballería.
 A las dos horas que el Negrito consumó la agresión contra el capitán, cinco sargentos con sus respectivos soldados indefinidos, irrumpieron en el calabozo de la caballería desnudando a todos los detenidos… ¿A todos?... A todos sin excepción, por haberse reído. Luego los bañaron con agua fría y los hicieron correr por el patio hasta que sus piernas no pudieran más. Llegó el segundo jefe del batallón, los llamó asquerosos, cochinos, negros tenían que ser, o serranos de mierda, bestias, se van a joder, carajo. Llamó al oficial de turno y preguntó si ya habían llevado al capitán a la enfermería; luego dictó las órdenes concernientes al trato para con los detenidos.
-Sepárame a estos cinco de la lista. Y los demás que se vayan a dormir a otra celda.
El Negrito encabezaba el grupo de los cinco escogidos para escarmiento; y se mantenía erguido a pesar del cansancio y el temblor de piernas, maldita sea, que le había dado. Los otros, la cabeza y los hombros gachos, el pecho hundido y el corazón tam tam que se desbocaba.
“Las órdenes se cumplen sin dudas ni murmuraciones porque el superior que las imparte es el único responsable”… ¿Se acordaría Comegato de las clases de Instrucción Pre Militar?... Y pensar que ya le faltaban dos meses para salir de baja. Pero no se quejaba… Así es la vida, amigos, alegre para otros y muy triste
para mí.
-¿Cómo dice?
-Nada, mi teniente.
-Ninguna gracia, negro de mierda. Y ruega más bien porque salgas vivo de este cuartel.
Las órdenes se cumplen, sin duda. Aunque a los soldados les doliera en el alma. Pero tuvieron que echar agua en toda la celda, en el suelo, en las paredes, en el techo para que gotee. Más agua, más rápido. En los rincones, en las rendijas del piso. ¡Y sin murmuraciones!. Que duerman sobre el agua y hay que despertarlos cada dos horas a correr. Porque el superior que las imparte es el único responsable. El Negrito se dobla con el peso del costal sobre su nuca. Un, dos, un, más rápido carajo. Comegato siempre sonriendo y dando ánimo. ¿Sabían que concursó en la Escalera del Triunfo y ganó una fecha? Ferrando casi lo contrata para su peña. Un, dos, un… Cómo pesa la arena y se mete en todo el cuerpo, pica, molesta, un, dos, un. Por fin a dormir dos horas. El cielo es un  gigante de muchos ojos que se cierran, que se abren, que espían. “Mama Rosa no llores, mamita. Desde algún lugar del oscuro azul estarás mirando a tu Negrito sufrir. ¿Por qué me dejaste solo donde Prado y su familia fundaron la miseria?. Pero no llores, Mama, que te juro que todo esto se desquitará”.
Y así por una semana, hasta que al fin fue trasladado al cuartel Santa Catalina para que le abrieran juicio militar. Por asalto a mano armada a un superior en servicio. Las órdenes se cumplen sin dudas ni murmuraciones…   

2 comentarios:

Anónimo dijo...

ES BUENO QUE APOYEN LA LITERATURA PERO YA BASTA PZ, SALGAN,BUSQUEN Y PONGAN NOTICIAS NO POGAN TONTERIAS QUE UNO QUIERE SABER QUE ES LO QUE PASA EN NUESTRO BAGUA GRANDE.

GRACIAS!!

RADIO "LAVOZ" dijo...

LASTIMA QUE TE ESCONDES EN TU ANONIMATO,Y NO SE QUE DIABLOS DE NOTICIAS QUIERES, Y SI PIENSAS QUE PUBLICAMOS TONTERIAS ERES LIBRE DE NO ENTRAR EN NUESTRA PAGINA, Y PARA LA PROXIMA DINOS QUE NOTICIAS QUIERESPOR QUE ES LO ÚNICO QUE SUCEDE EN BAGUA GRANDE Y AMAZONAS.